Cada 7 de julio se conmemora el Día Internacional de la Conservación del Suelo, una fecha que busca visibilizar la importancia de un recurso natural indispensable para la producción de alimentos, la regulación del agua, la conservación de la biodiversidad y la mitigación del cambio climático.

Aunque suele pasar inadvertido, el suelo es un ecosistema vivo. En él habitan millones de organismos, desde bacterias y hongos hasta insectos y lombrices, que participan en procesos fundamentales como el reciclado de nutrientes, la descomposición de la materia orgánica y el mantenimiento de la fertilidad. Sin estos procesos, gran parte de la vida terrestre sería inviable.
La efeméride recuerda al agrónomo estadounidense Hugh Hammond Bennett, considerado uno de los pioneros en el estudio de la erosión y la conservación de los suelos. Sus investigaciones, desarrolladas durante la primera mitad del siglo XX, marcaron un punto de inflexión en la forma de comprender la relación entre las actividades humanas y la degradación de este recurso.
A diferencia de otros recursos naturales, el suelo necesita cientos o incluso miles de años para formarse. Sin embargo, puede degradarse en apenas unas décadas como consecuencia de la erosión, la deforestación, el uso intensivo de agroquímicos, la urbanización, el sobrepastoreo y prácticas agrícolas que no contemplan su conservación.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca de un tercio de los suelos del mundo presenta algún grado de degradación. Esta situación tiene efectos que van mucho más allá del sector agropecuario: reduce la capacidad de producir alimentos, disminuye la infiltración del agua, favorece los procesos de desertificación y limita la capacidad de los ecosistemas para almacenar carbono.
Los especialistas advierten que recuperar un suelo degradado demanda mucho más tiempo y recursos que prevenir su deterioro. Por eso, las estrategias de conservación ocupan un lugar cada vez más importante dentro de las políticas ambientales y de desarrollo.

Un aliado frente al cambio climático

Además de sostener la producción de alimentos, el suelo desempeña un papel clave en la regulación del clima. Es uno de los mayores reservorios naturales de carbono del planeta y contribuye a disminuir la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.
Cuando un suelo pierde cobertura vegetal o se degrada, parte de ese carbono vuelve a liberarse, acelerando el calentamiento global. Por el contrario, prácticas como la restauración de ecosistemas, la incorporación de materia orgánica y el manejo sostenible permiten mejorar su capacidad para capturar carbono y aumentar la resiliencia frente a eventos climáticos extremos.

Un desafío global con impacto local

En Argentina, la erosión hídrica y eólica, la pérdida de nutrientes y los cambios en el uso del suelo representan algunos de los principales desafíos para la conservación de este recurso. Distintos organismos nacionales e internacionales coinciden en que avanzar hacia sistemas productivos más sostenibles será fundamental para preservar la fertilidad de los suelos y garantizar su disponibilidad para las próximas generaciones.
En este contexto, la conservación del suelo también ocupa un lugar relevante dentro de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, especialmente por su aporte a la protección de los ecosistemas terrestres, la producción sostenible de alimentos y la acción frente al cambio climático.
Más allá de las políticas públicas y las prácticas productivas, el Día Internacional de la Conservación del Suelo invita a reconocer el valor de un recurso que permanece oculto bajo nuestros pies, pero del que dependen buena parte de los procesos que hacen posible la vida.

Fuentes consultadas: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y Organización de las Naciones Unidas (ONU).